Cuento: Las quejas

Cuento: Las quejas

Las quejas provenían de uno de los excursionistas. El resto intentó no hacer caso y continuó durmiendo.

Pero los quejidos no paraban, cada cierto tiempo se volvía a oír lo mismo:
—Pero ¡qué sed tengo! ¡Madre mía, qué sed tengo!

En realidad, para ir a por agua había que abandonar el calor de la cama y salir a la fuente situada en el exterior. La noche era fría, muy fría, por lo que nadie se movía, ni el propio excursionista.

A los pocos minutos se volvió a oír.
—¡Tengo sed! ¡Pero qué sed tengo!
Harto de las quejas, uno de los excursionistas se levantó, se puso el abrigo y las botas y, tiritando de frío, fue hasta la fuente para llenar una pequeña garrafa con agua.
En cuanto volvió a entrar, llenó un vaso y se lo dio al excursionista que no paraba de quejarse, que se lo bebió de un trago.

Al cabo de media hora cuando ya todos estaban durmiendo se volvió a oír:
—Pero ¡qué sed tenía! ¡Qué sed tenía!

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